sábado, 21 de mayo de 2011

Trabajo-en-progreso


UNA TEMPORADA EN ALTAMIRA D’ESTE Nº 8
(Técnica mixta sobre piedra)

a Berman Bans,
grandísimo mequetrefe.

Soy un outsider. Siempre lo he sido. Un inadaptado, una historia al margen de un libro, la quinta pata de la mesa -la mesa que aún cojea-. Pero si lo he sido ha sido por elección, no por imposición. La hegemonía pausada de mi origen me arrojó violentamente a este mundo, como dos ríos salvajes que convergen en una sola gran afluente destructiva. Mi padre, instructor de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería, uno más de los canes mansos de Somoza; mi madre, por su lado, entregó dos hermanos a la lucha de insurrección, dos sueños más que quedaron huérfanos. ¿El resultado?, una trillada e imposible historia de amor. Una mala adaptación tercermundista de Shakespeare, para los más impresionables. Una historia que, a duras penas, merece ser recordada. No, tampoco merece eso.

¿Yo?, ya lo dije, un marginado por completo. Un triste y lastimoso chavalo más que creció en la paz de los años posteriores a la guerra. Sin rumbo, sin saber hacia dónde ir. O mejor dicho, sin saber porqué ir, seguir o vivir. Mi salvación fue, sin que quepa duda, la literatura. Hoy, no dejo de convencerme de que, de no haber sido por los libros, yo sería un paria más de esta sociedad de esquina de barrio. Triste, pero cierto. Cuando regreso a mi vieja cuadra y platico -no sin algo de miedo- con mis antiguos compinches de aventuras, me siento afortunado por no ser yo el que tiene el tatuaje en el pecho, ni la bolsa de guaro lijón en la mano, ni los días contados para algún policía violento. Si sabré yo, las tantas veces que les conté acerca de algún libro que me gustara en aquel momento, que se los podía prestar, que les podía explicar de qué trataba en realidad. “Negras, perro, esas vergas no tranzan conmigo”; tontos, torpes, ¿qué hacen?, ¡estoy intentando salvarlos! ¡Dejen salvarse! Pero nada, mis esfuerzos no rindieron frutos y, aunque me cueste admitirlo, fue mejor así.                     

♦♦♦

La biblioteca del Colegio Maestro Gabriel fue, por muchos años, mi hogar. La casa de mi padre en el barrio Ducualí, esa de paredes emblanquecidas por el paso el tiempo, esa de puertas desvencijadas y gestos mohosos, no era más que el lugar donde dormía. Y sólo eso.   

♦♦♦

-Francisco, jodido -decía mi mamá-, ¿por qué no hacés deporte como los otros chavalos, por qué no jugás con ellos?

-Porque no sirvo para eso, madre. Ellos me golpean, son unos brutos; no sirvo para nada, madre- contestaba y me encerraba en mi cuarto a devorar libros, páginas, epígrafes, signos de puntuación.

 ♦♦♦

El arrebol de sus ojos siempre estaba ahí; la barba descuidada tapaba ¾ de su rostro con algunas canas insolentes. Hablaba arrastrando la lengua, casi serpenteando, con vestigios de un viejo acento francés que no desechaba por simple orgullo o capricho. No caminaba, pero tampoco arrastraba los pies, las suelas maltrechas de sus pantuflas acariciaban los sinuosos andenes de Managua. Siempre olía a alcohol, no recuerdo haberlo visto alguna vez sobrio o al menos no tan borracho. Incluso, desde lejos, se miraba como alguien que huele a licor. Los botones de su guayabera apenas lograban soportar la presión de su barriga sexagenaria. Era, sinceramente, algo lamentable de ver. Sin embargo, yo siempre supe que detrás de esa pintura de monstruo incipiente, se escondía el genio creador.  



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada