jueves, 2 de junio de 2011

Trabajo en progreso II

GÉNESIS

Dedico este relato a los poetas José Coronel
Urtecho, Fernando Silva y Ernesto Cardenal.
Asimismo, les ruego me disculpen
por narrar todo tal y como ocurrió.

Los periodistas somos una especie en peligro de extinción, una raza ya casi imposible de encontrar. No me refiero al periodismo como profesión o carrera, sino a los buenos periodistas. Ésos, ésos sí que pueden contarse con los dedos de una mano. Están, por ejemplo, aquellos periodistas que juegan a analistas políticos cuando lo único que han leído son tres o cuatro panfletitos de Marx, y todos editados por el Ministerio del Interior. Los periodistas de sucesos, pobres desgraciados, siempre con la vida en un dos por tres, sin saber de dónde puede venir el próximo peligro. Los más absurdos, al menos a mi parecer, son los cronistas deportivos. Un lastimero grupo de viejos -la gran mayoría excede los 45 años- que se sientan a leer estadísticas y a balbucear lo que para ellos es buen béisbol o excelente boxeo, recordando lo maravilloso de aquel Mundial del 72, lo bochornoso que fue cuando tumbaron a Alexis o cosas por el estilo. Mientras tanto, sus dilatadas barrigas crecen más a medida que el deporte nacional -y el periodismo también- se vuelve cada día más mediocre. Como dije antes, el periodismo como verdadera vocación, no es tarea para cualquiera. Por mi parte, me ha tocado fungir como un periodista interdisciplinario, adaptándome a los constantes cambios que, inevitablemente, afectarán de una u otra forma la profesión. Sin embargo, lo que nunca debe sufrir variación alguna es nuestra vocación, nuestra misión de salvaguardar la veracidad de los hechos; la primera -y la única, quizás- regla fundamental en el periodismo es decir siempre la verdad. Jamás, jamás, debemos responder a las necesidades, caprichos o placeres de editores o directores pendencieros que sólo buscan quedar bien y vender ejemplares. ¡Eso no es periodismo, es prostituir la profesión! Cuando ingresé a la Facultad de Comunicación, me juré a mí mismo nunca fallar a este compromiso con la verdad. Y eso es lo que haré justamente ahora: decir la verdad.

En aquel entonces yo trabajaba como periodista en Ventana, el suplemento cultural del diario Barricada. Una vez más, un periodista, debido a las consecuencias, se ve obligado a trabajar en un ambiente casi inverosímil. ¿Yo como periodista cultural?, imposible. Lo confieso: me encanta leer, pero eso no es suficiente para realizar críticas de valor en la producción literaria de este país. Pero una cosa llevó a la otra y terminé así, codo a codo con la nueva camada de poetas y escritores que surgieron en los años de la Revolución. Cada día aparecían más, crecían a un ritmo desconcertante. Un día, medio en broma, medio en serio, escribí un artículo diciendo que, al ritmo en que aparecían poetas en Nicaragua, tendríamos diariamente una nueva publicación, infinitas antologías y recitales todos los días a la hora del almuerzo. El artículo fue tomado a mal por algunos sectores, pero hubo quienes estuvieron de acuerdo conmigo. Al final, la pregunta generada fue cuánto de lo que en efecto se escribía y publicaba en aquel entonces era realmente bueno. Pero ese artículo es de conocimiento popular y ya no importa recordarlo o hablar sobre ello, no pienso desperdiciar más su tiempo con anécdotas innecesarias. Vamos a lo que en realidad importa.

Creo que no hace falta mencionar el revuelo que causaban las visitas de Cortázar a Nicaragua. Recuerdo que, al menos en los círculos literarios que por fuerza me tocaba rondar, dominaba una sensación de incertidumbre e intranquilidad hasta que veían bajar a ese enorme hombre del avión, como si no creyeran que en realidad regresaba de nuevo, como si todo era parte de un gran sueño cíclico y placentero. Yo nunca en mi vida había visto un hombre tan alto, era casi un gigante. Siempre imaginé cómo sería darle la mano, cómo sería su voz o su mirada, pero nunca había tenido la oportunidad de conocerle personalmente. Sí, coincidimos en algunas actividades oficiales o algunas verbenas en la casa de algún viejo poeta, pero hasta ahí nomás. Por eso, recuerdo perfectamente cuando me encargaron entrevistarlo. Lo recuerdo todo, a la perfección.

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